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A veces son fuerzas opuestas, una especie de yunque y martillo dando forma a un hierro caliente que amenaza con derretirse o estallar en mil pedazos. Cada cierto tiempo, sus tensiones deshacen todo el país y hay un eterno recomenzar. Clases populares, clases medias y el ‘cruceñismo’ han moldeado a este país en el siglo XXI. Cuando dos de estas se aliaron, a su matrimonio se la conoció como hegemonía política y partido dominante.

Cuando las clases populares y el cruceñismo se enfrentaron en las calles y las asambleas, hubo tanta fricción que tuvieron un hijo al que bautizaron estado plurinacional con autonomías. Cuando el representante de las clases populares se alió con los dirigentes cruceñistas, tuvo su mayor expansión. 

Cuando los jóvenes cruceñistas se rebelaron de sus dirigentes y se sublevaron, vino el final de la hegemonía, del sistema con partido dominante y del gobierno del representante de las clases populares. La clase media y republicana, acostumbrada a gobernar por casi 200 años, se ha acostumbrado en el último tiempo a ser escenario de disputa o, en el mejor de los casos, aliado necesario.

Hoy, a 20 días de ir a las urnas, esos tres bloques que moldearon el país en el siglo XXI, parecen estar de nuevo disputándose el poder. Luis Arce Catacora, por ir bajo la sigla del MAS, parece representar a esa Bolivia popular y corporativa que Gobernó debajo del ala de Evo Morales entre 2016 y 2019. 

Lidera en las encuestas y amenaza con llevarse la elección en primera vuelta, de estar por encima del 40%, pero ya no llegará al 53% ni al 63% que en algún momento supo tener.

La clase media parece ser el saco que mejor le calza a Carlos D. Mesa y a Comunidad Ciudadana, una alianza que va con un sistema republicano e institucionalista como bandera y que gana más fuerza desde donde termina la Plaza San Francisco hasta el extremo sur de la ciudad de La Paz. El año pasado conquistó el oriente y fue capaz de competir con Evo Morales. Hoy quiere repetir faena, pero el sillón parece estar ocupado.

Luis Fernando Camacho es el primer expresidente del Comité pro Santa Cruz que postula para la presidencia del Estado Plurinacional. Viene de la dirigencia cívica y pareció trabajar para Mesa en octubre de 2019, cuando pedía una segunda vuelta entre éste y Morales, que podría haber terminado con el candidato de Comunidad Ciudadana de vuelta en Palacio Quemado. Pero tomó vuelo propio, fue directo a pedir la renuncia del líder del MAS y se planteó a si mismo como sucesor. Con una fuerte base en Santa Cruz, quiere convencer de que el cruceñismo vale para toda Bolivia.

Las tres fuerzas lideran la intención de voto y es muy probable que uno de ellos será el próximo presidente del país. Arce se presenta como la continuidad del proceso de cambio interrumpido por la renuncia de Morales y la asunción al poder de Jeanine Áñez.

Mesa y Camacho coinciden en el retorno a un manejo más institucional del Estado y un mayor protagonismo de lo privado que de lo público, pero no pudieron encontrar más puntos en común que los hubiera llevado a una victoria. Ahora, según lo que describen sus candidatos, tratan de pescar votos en el barril ajeno, mientras Arce Catacora mantiene la incógnita de si podrá ir más allá de ese voto fidelizado que le garantiza boleto en la segunda vuelta, pero que no alcanza para ganar en primera.

Hijos y nietos del 52

No importa si ahora son azules, naranjas o verdes. No importa si se los apunta como responsables del descalabro del viejo sistema de partidos o de haber traicionado a su gran representante. No importa si su matriz ideológica tiene más que ver con la derecha que con la centro-izquierda: los tres bloques que compiten hoy son hijos y nietos de la revolución nacional, la del MNR, la de 1952. Así lo asegura Carlos Guzmán, politólogo, que recuerda que antes del 52 los indígenas no formaban parte de la vida política del país.

Tampoco los ‘cambas’ desvertebrados del eje occidental.
Guzmán dice que los que han gobernado el país en el siglo XXI son los descendientes de esos indígenas incorporados en el 52 y relocalizados en el 85 en El Alto y Chapare.

A ello le suma que la marcha hacia el oriente convirtió a Santa Cruz en un polo económico y poblacional con un peso importantísimo.

Ve además que la clase media es la cristalización de esa revolución nacional, pero que ha perdido su capacidad de seducción hacia lo indígena y hacia el oriente, que delinearon la nueva definición de lo nacional popular en la Constitución del 2010 (Estado plurinacional con autonomías).

La clase media republicana aún busca su espacio en esta nueva definición. Para Guzmán, aún no encuentra la forma de darle un rostro más republicano y menos rural a ese Estado Plurinacional.

Esto, de momento, la puede dejar fuera del trípode imprescindible de poder dibujado por el también politólogo Marcelo Arequipa. Para él, los tres factores necesarios para gobernar Bolivia son Asamblea Legislativa, sectores sociales y el aparato productivo cruceño.

“Desde La Paz miramos con ojos más provincianos a Santa Cruz. Decimos: ‘Camacho está solo en Santa Cruz’, sin darnos cuenta del peso político y electoral de Santa Cruz”, dice Arequipa.

El doctor en ciencias políticas añade que políticamente la población se ha estructurado en torno a identidades. La cruceña es regional, mientras la del occidente del país es étnica y nacionalista.


Pero, ¿es tiempo de identidades?
Parece que ya no. O no solo es tiempo de identidades. Ya no alcanza para ganar una elección desde un reclamo identitario -como sucedió en 2005, cuando Morales impuso lo étnico nacionalista-. En las tres fuerzas que encabezan las encuestas hay la certeza de que se necesita robar la bandera ajena y no quedarse en el nicho que ya representan.

Quizá el voto más ligado a la identidad y el más ‘corporativo’ sea el del MAS, pero ni siquiera ellos quieren encerrarse en esa definición. Adriana Salvatierra, senadora masista, dice que la crisis es transversal y en esta elección no se juega la identidad, sino que las preguntas de los electores están vinculadas más con la situación económica. 

“Le preocupa más cómo se desordenó su vida con un Gobierno que improvisó la gestión y violó los derechos humanos. Más allá del voto identidad, habrá un voto consciente”, dice la senadora cruceña.

Centa Rek, postulante a senadora por Creemos, cree que estas categorías eran válidas antes de la irrupción de Camacho en la política, a quien ve no solo como representante de ese cruceñismo de antaño, sino como un líder de clase media capaz de reconciliar a los diferentes estamentos de la sociedad.

Advierte que el liderazgo de Camacho está en construcción y el suyo no es solo el liderazgo de los cabidos o de la medialuna, sino que genera adherencia de toda Bolivia sobre todo en la clase media.

No es un liderazgo que se quedará en lo regional”, advierte Rek.
Darío Monasterio, candidato a diputado uninominal de Comunidad Ciudadana en Santa Cruz, asegura que no todo el cruceñismo está por Camacho, porque dentro de esta corriente hay un ala más liberal, menos radicalizada, que no responde a las directrices de instituciones o grupos o son estructuras cercanas al Comité Pro Santa Cruz. 

Admite que Comunidad Ciudadana representa a esa clase media republicana que quiere recuperar las instituciones en el país y que su fortaleza es una propuesta superadora para dejar atrás al “pasado autoritario” a través de un gobierno que pueda unir a los bolivianos.

Lo que dice Monasterio va en concordancia con el discurso de Mesa, que asegura que es el único que puede curar la brecha oriente-occidente, porque su partido no se ha polarizado.

Para José Orlando Peralta, politólogo, la discusión es quién puede reunir la mayor cantidad de votos en el ala antimasista. Ve a un Mesa más institucional, republicano y letrado, pero con una mirada solo occidental del país y al que le cuesta entrar en esa clase media movilizada durante los 21 días, que es más cercana a Camacho. Mucha de esa población, según Peralta, está indecisa.

Lo que predomina es el sentimiento antievo, y eso lo representa mejor Camacho que Mesa, pero no tiene llegada a ese centro político dominado por mesa”, explica. Parece un trabalenguas o una adivinanza, pero el que logre descifrarlo y explicárselo al bando de su rival, tendrá como premio un boleto a la segunda vuelta. Si persiste la confusión, Arce puede ir escogiendo traje y lugar de posesión.