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Bajo el cielo más puro de América, en un pedacito de tierra que se resiste al atropello de la urbanización, el Jardín Botánico Municipal ofrece el apacible descanso al visitante. Árboles y flores aguardan en sus sendas a los paseantes mientras aves silvestres y pequeños mamíferos se muestran elegantes ante las vigilantes lentes de los curiosos.

El amor por la naturaleza del profesor Noel Kempff Mercado impulsó, a finales de los años 60, la creación del primer jardín botánico de la ciudad. Entre sus frondosos árboles nativos y en las cercanías del río Piraí, Santa Cruz contaba con un paraíso propio que conservaba las plantas nativas.

El turbión de 1983 arrasó el trabajo de preservación, pero no con el ímpetu del Kempff. Sus gestiones por obtener un nuevo terreno, esta vez mayor aún, lo llevó a las cercanías de la laguna Guapilo para reanudar, desde allá, su afán por transmitir el amor a la naturaleza.

El nuevo Jardín Botánico Municipal ocupa algo más de 200 hectáreas ubicadas en el km 8.5 de la carretera a Cotoca. Entre sus lagunas y arroyitos, miles de especies vivas comparten un hábitat natural preparado para recibir las visitas de familias y amantes de la naturaleza.

Guillermo Córdova y su esposa Ericka von Borries trasmiten su pasión por la naturaleza desde la lente fotográfica. Conocen al detalle los misterios del jardín y, con sus ilustraciones, nos invitan para agendar una visita.

“Deberíamos ser más conscientes de la riqueza que alberga el Jardín, y apoyarlo” explica Guillermo. Para Ericka, “es hermoso ver los animales que no están confinados compartir el mismo espacio con nosotros”.

El director del Jardín Botánico, Darío Melgar, desarrolla una labor permanente de educación y formación con los visitantes para que comprendan la importancia de la conservación de espacios como éste.


Laguna del Jardín Botánico al atardecer y la llegada de las garzas. Foto: Guillermo Córdova.

Los visitantes recorren diversas sendas y caminos que brindan parajes naturales de una hermosura única. Los circuitos se realizan en un tiempo estimado de dos a tres horas, pero es posible extenderse más y aguardar que la naturaleza te sorprenda con su magia.


Asclepias curassavica o rompe muelas. Foto: Ericka von Borries

La creación del Jardín Botánico responde a la importancia de investigar y conocer la riqueza natural de la región. Melgar explica que Bolivia está considerado “como uno de los diez países mega diversos menos explorados y con grandes extensiones de territorio aún en buenas condiciones de conservación, pero con escasa información detallada sobre sus especies vegetales y animales”.

La investigación en el campo de la Botánica, a través de la colección de plantas vivas y secas (Herbario), persigue la conservación de las especies de la flora nativa y su reproducción. De esta manera, se ayuda a salvar a las especies en peligro de extinción.


Ardilla boliviana (Sciurus ignitus) muy frecuente en los parajes del jardín Botánico. Foto: Guillermo Córdova.

Otra de las misiones que cumple el Jardín Botánico se centra en la educación mediante programas de formación ambiental dirigidos a las escuelas, colegios, universidades e instituciones de enseñanza. Con estas actividades se logra crear en la población conciencia de la importancia de la conservación de nuestros bosques y todas las especies de la flora y fauna.


Garza mora (Ardea cocoi) en la laguna. Foto: Guillermo Córdova.

Sin duda, un paseo por estos parajes se convierte en un momento de recreación y esparcimiento en estrecho contacto con la naturaleza. En las áreas de recreación, las familias disponen de espacios para compartir comida o hacerse una pequeña parrillada. También se cuenta con un lugar de acampada ideal para pasar la noche y vivir una interesante experiencia.


Una abeja polinizadora forma parte de la vida en el Jardín Botánico. Foto: Guillermo Córdova.

Tres ecosistemas comparten el espacio natural. El bosque seco chaqueño, bosque semihúmedo chiquitano y bosque semihúmedo verde de las tierras bajas albergan gran parte de la naturaleza autóctona de la región que, en muchas ocasiones, es única.

Las labores de conservación y conocimiento propio de cada especie permiten la reforestación y recuperación ante los continuos incendios que asolan los bosques nativos.


Tajibos en flor del pasillo central del jardín. Foto: Guillermo Córdova.

Las orquídeas forman parte del vivero que se cultiva en el Jardín Botánico. Actualmente se cuenta con más de 500 especies diferentes de las 1.700 registradas en Bolivia.


Mauri curichero o Garrapatero mayor (Crotophaga major). Foto: Guillermo Córdova.

Durante el paseo por los senderos te sorprenderá la cantidad de aves que anidan en estos bosques. Basta con observar cuidadosamente para que escuches su canto alegre o disfrutes su elegante vuelo. En los árboles, ardillas, perezosos y monos comparten la experiencia de la naturaleza viva que ofrece el Jardín Botánico.

El infaltable Perezoso (Bradypus tridactylus)comparte las sendas con los visitantes. Foto: Guillermo Córdova.

Desde el mirador, unos 20 metros elevado, se observa la inmensidad de un Jardín que conserva las más variadas especias de nuestros campos y bosques. Su colección de palmeras cuenta con 65 muestras de las 108 especies que hay en el país.

Además, dependiendo de la estación del año, los toborochis, jarajorechis, gallitos y otras variedades nativas regalan el mosaico de colores que solo sus frondosas hojas pueden crear.

Vista aérea de la parte norte del jardín botánico. Foto: Guillermo Córdova.

Desde el imponente mirador, a los lejos, la ciudad ruge a su ritmo sin percatarse de la maravilla que contiene.


Dos zorros pata negra (Cerdocyon thous) observan curiosos a los visitantes que transitan por los senderos. Foto: Guillermo Córdova.


Los colores asombroso de la esfinge de Tetrio (Pseudosphinx tetrio) cautivan la atención. Fotos: Guillermo Córdova.


Durante el recorrido, se pueden apreciar innumerables flores que convierten el Jardín Botánico en un paseo maravilloso. La alpina pururata Rosa es un ejemplo. Foto: Ericka von Borries