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"Todos pasamos a ser Covid-19 desde que comenzamos a trabajar aquí. Tratamos a todo el hospital como si fuesen positivos a Covid-19 y creo que por eso nos ha ido muy bien, y nos está yendo bien hasta el momento", dijo Fernando Becerra Ortiz (34), el jefe médico del hospital de referencia de La Pampa, poco antes de adquirir el virus.

En algún momento habló con su familia y le dijo que tarde o temprano le iba a tocar, "esperando que ojalá nos hubiera tocado ya".

Por cinco meses estuvo atendiendo casos positivos de coronavirus, tomando los máximos cuidados, y todo iba bien, hasta que su madre, Bernarda Ortiz Barrios, pasó a ser su paciente en cuidados intensivos, fue intubada. Becerra se derrumbó, olvidó que era médico y se volvió hijo; lloró, y en ese instante -cree él- se contagió al secarse las lágrimas con las manos.

Su mamá -hipertensa- lleva cuatro semanas internada y ya fue extubada. Más tranquilo con esa noticia, a pesar de que está siendo atendido en cuidados intensivos porque estaba desaturando, Fernando dice que se siente mucho mejor, ya satura 93 (de oxigenación). "El estado de ánimo es clave", dice, en coincidencia con todos los recuperados que han compartido su experiencia con EL DEBER.

Antes que su madre y antes que él, su hermano, de 27 años, fue el primero en dar positivo en casa. Estuvo 21 internado y casi llega a terapia intensiva, pero mejoró de forma notoria.

"Debemos tener empatía con esta enfermedad", dice el médico que hoy está en la otra orilla, "calladito" sin opinar sobre el tratamiento que le aplican. "El médico terapista me dijo que si yo quería que él sea quien me haga seguimiento, no objete su tratamiento y que lo acepte callado", dice con buen humor, a pesar del difícil momento. 

"Es duro para nosotros, para mí y para la familia, en especial para mis hermanos que no pueden ver a mi mamá. La única persona de casa que podía ver era yo. Ella me encargaba a mis hermanos y me decía que yo siempre iba a ser su chiquitito".

Muchas veces, cuando estaba sano, debido al riesgo y al equipo de bioseguridad, Fernando no podía  contestar el teléfono a su familia. "Es difícil no poder responderles para darles una evolución del día de tu madre, porque estás con los pacientes del hospital y eso es lo que mucha gente no entiende y no valora", se sincera.

En algún momento, Fernando pensó en tirar la toalla y solo dedicarse a su madre, pero hay detalles, como los pacientes que llaman y agradecen, que dieron ánimos. "Que un paciente me llame y pregunte si mi mamá se recuperó, si quiero que le donen plasma”, son cosas que aumentan mis ganas de levantarme cada día y seguir de pie", agradece.

Entre las circunstancias más duras de su oficio está ver caer familiares, amigos y colegas, "hay muchos colegas que han tenido la desgracia de morir, otros que siguen de pie, muchos en terapia y otros están trabajando de nuevo con nosotros", se conmueve.

Feliz de hacer el trabajo al que otros temen

Antes de estar en La Pampa, Fernando trabajó por tres años en asistencia social y familiar en el Servicio Departamental de Salud (Sedes).

Fue invitado por el doctor Óscar Urenda, que lo felicitó por aceptar el reto, sin saber que para Becerra los desafíos son imán.

"Comenzamos con un médico y una licenciada en enfermería para 20 pacientes, y de los 20, 15 inestables. Era inhumano, el trabajo era toda la noche sin dormir, esperar que llegue el relevo para poder irse y volver al día siguiente. Ni siquiera había calidad de atención cuando empezamos", recuerda la época más compleja, cuando empezaban a familiarizarse con el tratamiento de casos Covid-19.

Pasaron por el momento en que tenían la capacidad instalada copada, y pacientes en la calle. "Yo como jefe médico dije que podían meterlos al hospital, los médicos se enojaron conmigo diciendo que ya no teníamos espacio, que no había cómo atenderlos", rememora.

Celebra que a diferencia de ese traumático principio en La Pampa, hoy tienen mucha más experiencia con el coronavirus, además de un equipo muy bueno, "hacemos lo imposible por ayudar a todo el que llega. Comenzamos prácticamente sin nada, pero siempre con las ganas de trabajar, estuvimos aquí de lunes a lunes", aduce.

Lamenta que a pesar de las cifras y de las muertes y advertencias la población no se cuide. "No tienen conocimiento del tema, no creen que les pase y es cuando la mayoría de esas personas vienen autoreferidas al hospital a tratar de pedir ayuda, hasta llegan sin barbijo", cuestiona.

Becerra pide que cada uno controle a su familia en casa, porque los médicos también están cayendo por la enfermedad. "Hay muchos médicos padeciendo y al ser menos, es duro no poder dar la calidad de atención al paciente o al familiar por gente que está en la calle y no se está cuidando. Piensan que si al familiar o al vecino les dio leve, les va a pasar lo mismo", sostiene.

Para él, lo peor no ha pasado aún. Cree que el sistema de salud en un momento colapsará, "no creo que sea su tope ahora. Seguramente en un tiempo más los hospitales colapsarán, no tenemos los suficientes respiradores como para dar a toda la población", reconoce.

Exhorta a la gente a que, en caso de tener algún signo o síntoma de Covid-19, se haga los análisis correspondientes lo más rápido posible para iniciar el tratamiento. "Si a la enfermedad la agarramos comenzando, no hay problema. Lamentablemente, el 60 a 70% de los pacientes que nos llega, ya está complicado; llegan mal, esperan hasta que ya están desaturando, y ya empiezan a correr por oxígeno", lamenta.

Su gran alegría en este momento, a pesar de su delicado estado de salud, es el cambio positivo de las cifras de supervivencia en el hospital de La Pampa. "Antes, de 10 pacientes que se complicaban, no sobrevivía ninguno; hoy, de 100 pacientes que ingresan, 80 salen caminando, se están yendo a sus casas a reencontrarse con sus familias", celebra.

Pero el mayor premio en medio de los malos momentos, fue tener a su mamá bajo su cuidado. "Ella se enteró de que la iban a intubar porque estaba respirando con muy poco porcentaje de su pulmón. Entonces le dije que Dios supo cuándo y en qué lugar indicado ponerme, Dios me puso aquí, me dio este cargo como para poder ayudarla. No me imagino salir corriendo a las tres o cuatro de la mañana a buscar un espacio, tocar puestas, o buscar clínicas para que ella sobreviva", dice agradecido.

Foto: Fernando Becerra con su mamá, Bernarda Ortiz