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Los transportistas cumplieron este martes un paro de actividades y bloqueos de carreteras en algunas ciudades del país en demanda de un diferimiento del pago de sus obligaciones con la banca por otros seis meses, adicionales a los que ya tuvieron por la emergencia de la pandemia.

La medida se confirmó luego de la ruptura del diálogo con el Gobierno, la noche del lunes, cuando estaban a punto de alcanzar un acuerdo que hubiera evitado las protestas con toda la cadena de perjuicios que implican.

La viceministra de Pensiones, Ivette Espinoza, reveló que las demandas de los dirigentes de los transportistas fueron creciendo a medida que se encontraban puntos de acuerdo, y que cuando se propuso aplicar la figura de una prórroga, que consistía en no cobrar capital ni intereses en el tiempo que demore el pedido de ampliación de seis meses, la reprogramación o refinanciamiento de los créditos con las entidades financieras, en ese momento se rompió el diálogo.

Lo más curioso de todo es que cuando se estaba por firmar el acuerdo, los transportistas idearon una nueva demanda, que consistía en no pagar ‘nunca más’ los intereses hasta el final del plan de pagos originalmente acordado con los bancos. En otras palabras, pidieron la condonación de los intereses, algo que la viceministra consideró como una demanda ‘personal y política’.

El paro y los bloqueos se desarrollaron en un momento en que el país sufre con angustia el recrudecimiento de los contagios y las muertes por Covid-19 y observa con incertidumbre los efectos económicos que en la economía familiar tendrá esta nueva contracción de las actividades para evitar la mayor propagación del virus.

Es decir, no pudieron haber elegido peor momento para provocar perjuicios a la población, al país y precisamente a sus propias economías. ¿No eran ellos mismos los que ante las restricciones de la pandemia para no ocupar micros, taxis y buses al 100 por ciento de sus capacidades se quejaban que la medida tendría un efecto muy perjudicial para sus ingresos? Es decir, protestaban porque no se les dejaba circular o se les permitía hacerlo ‘a media máquina’, pero ahora cumplen un radical paro.

Todos los agentes económicos, y no solo los transportistas, tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones bancarias. La pandemia y sus cuarentenas la sufrieron todos los rubros, pero no por eso cada sector va a salir a las calles a bloquear al resto exigiendo medidas cuando menos cuestionables, que se enmarcan en esa antigua lógica rentista y paternalista de pedirle al ‘papá Estado’ que resuelva los problemas de todos, que es siempre la ruta más fácil.

Además, aun si las demandas fueran entendibles y atendibles, no es posible dialogar con la mano izquierda mientras la mano derecha sostiene amenazante el garrote para golpear la mesa si la otra parte no da el gusto a los demandantes.

El país está atravesando por una circunstancia económica sin precedentes que afecta a todos por igual, a cada uno según su propia proporción, y por lo mismo no es tiempo de paros, bloqueos, protestas y mucho menos de privarle al otro su derecho a continuar trabajando; el daño es para todos, cada día no trabajado es como una cuarentena rígida en la que todos los ciudadanos están encerrados en su trabajo en la que se pierde ingresos y al día siguiente costará más y en muchos casos no habrá cómo llevar el pan a la casa. Así de dramática es la situación. Hay que ser muy insensibles para decretar paros y bloqueos en este tiempo.

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