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Los partidos políticos light

William Herrera Áñez 28/9/2020 07:50

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Los partidos políticos no sólo han sido artífices de su propia evolución hasta convertirse en sistemas de partidos sino también de la democracia que ha buscado siempre hacerse cada vez más democrática. Estas organizaciones no nacieron para comunicar al pueblo los deseos de las autoridades, sino más bien para comunicar a las autoridades los deseos del pueblo. Sin embargo, los partidos no sólo expresan, sino también canalizan, y organizan la voluntad pública.    

Las agrupaciones políticas constituyen el (único) vehículo que tienen los ciudadanos para ejercer sus derechos políticos, que consisten en participar libremente en la formación, ejercicio y control del poder político, directamente o por medio de sus representantes, y de manera individual o colectiva. Este derecho generó la necesidad de articular e institucionalizar las organizaciones políticas con objetivos comunes y de alcance general.

Los partidos no se limitan, como otros actores políticos (sindicatos, gremios profesionales, grupos de presión, etc.), a ser portavoces de unas reivindicaciones particulares, corporativas, sectoriales, sino que promueven un programa de acción política global, que tratan de responder a todos los retos y problemas importantes de una determinada comunidad. Los objetivos se articulan de acuerdo con un orden de prioridades: se contraen una serie de compromisos a cumplir en unos determinados plazos (en el curso de un período de gobierno o pueden ser indefinidos como la reivindicación marítima). Y se encuentran movilizados, mediante una acción sostenida en el tiempo, trasmitiendo mensajes para tratar de influir en la opinión pública.

La función más importante de los partidos políticos es, sin duda, la de representar intereses, ideales, sueños, aspiraciones. Y canalizan las demandas y motivaciones de la sociedad, las agregan u ordenan (el proceso de integración y síntesis es permanente) y las trasladan a los poderes públicos. En las sociedades complejas de nuestros días, los partidos se ven obligados a representar multiplicidad de intereses a veces difícilmente compatibles.

El tradicional partido de masas, combativo, de lucha, de clase, muy dogmático, que reclamaba de sus miembros un compromiso personal absorbente (un activismo militante), después de la caída del Muro de Berlín (1989), entra en declive y se impone en las democracias contemporáneas un nuevo modelo o arquetipo de partido: el partido que no se limita a representar los intereses de una clase o grupo, sino los de amplios sectores sociales, que aspira a representar a todo el mundo.

Este tipo de partidos buscan el éxito electoral rápido y a esa prioridad sacrifican la carga ideológica; son partidos “ligeros”, lights, pragmáticos e interclasistas, que no ponen en cuestión el orden establecido o la legitimidad de las instituciones. La consigna será obtener el máximo número de votos, el mayor respaldo posible cuanto antes, y para ello  modera su discurso, se centra el mensaje electoral, se descartan las propuestas más conflictivas y radicales, de modo que el programa sea asumido por la mayor parte del electorado (por ejemplo el MAS).

En estas agrupaciones políticas, la ideología queda difuminada, suavizada, para poder disputar la amplia franja de electores situados en el centro político. De ahí que no existan grandes diferencias programáticas, que estemos muy lejos de aquel escenario de extrema polarización característico de las primeras décadas del siglo XX. Esto no significa que los partidos hayan dejado de representar unos intereses en lugar de otros.

Las agrupaciones políticas cumplen no sólo el rol pasivo de ser puentes de comunicación sino que hacen de verdaderos intermediarios entre el Estado y la sociedad. Esa es su función más genuina: ser cauces de expresión y de participación, en pocas palabras vertebrar políticamente la sociedad. Cuestión distinta es sí la cumplen satisfactoriamente en la práctica, por cuanto es innegable la crisis de credibilidad, de confianza en los partidos.

Sin embargo, a pesar de las clamorosas deficiencias en su funcionamiento y la sistemática erosión deslegitimadora que vienen padeciendo, los partidos están lejos de desaparecer. Las fórmulas alternativas de participación directa siguen teniendo un rol marginal. La democracia, en suma, parece indisolublemente ligada a la participación de los partidos políticos: nació con ellos y sin ellos difícilmente sobrevivirá.

·       Jurista y autor de varios libros.