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Cuatro personas llegan a una isla del lago Titicaca en busca del cadáver de un amigo, los comunarios que lo encuentran se niegan a devolver el cuerpo porque temen que repercuta fatalmente en las cosechas venideras. Así empieza la trama de Sirena, de Carlos Piñeiro que se estrena este jueves. El director conversó con EL DEBER acerca de su primer largometraje.

_¿Cuál es la génesis de Sirena?
Parte de una historia que alguien muy cercano vivió en los años 80 y desde niño la he escuchado como un relato familiar y es a raíz de esa vivencia que decidí ‘ficcionar’ lo que finalmente es Sirena.

_¿De quién es el guion?
La idea original es mía. Me dio vueltas en mi cabeza durante años y después Juan Pablo Piñeiro (su hermano) junto a Diego Loayza se encargaron de traducir esa historia en un guion cinematográfico. Obviamente yo he participado en todo el proceso creativo.

_Hay un muerto y cuatro personas que buscan un cadáver ¿Se puede decir que tiene algo de thriller o de policial?
Eso es lo lindo de Sirena que es en parte una película de misterio, de suspenso, pero sobre todo ese misterio que puede llegar a ser un poco policíaco o de terror, pero que se queda en el límite.

_¿Por qué la decisión de hacer la película en blanco y negro? 
Son muchísimas las razones, pero número uno, es que es una historia de contrastes. Sirena es una historia que retrata dos miradas distintas sobre la vida y sobre la muerte. En esas miradas hay un contraste muy alucinante que también llega a tener un punto de convergencia en algún momento. Entonces creo que el blanco y negro nos ayuda a reforzar esas líneas discursivas y narrativas que propone la película, donde de alguna manera todo se trata de este choque cultural. Ese choque de dos mundos que se están justamente conociendo y están teniendo un punto de encuentro de manera fortuita en esa isla alejada del altiplano boliviano.

_¿Por eso también es narrada en aimara y español?
También desde el idioma. En el lenguaje que hablan nuestros personajes ya hay un contraste. Los de la isla solamente hablan aimara, estamos retratando una Bolivia de los años 80 donde el estado si llegaba a las comunidades lo hacía de manera primitiva, por así decirlo, porque casi no llegaba.

_¿Cómo fue la selección de los actores?
Hay áreas de todo el aparato cinematográfico boliviano a los que les falta mucho y eso no está mal reconocerlo, ni decirlo y creo que en ese sentido desde la actuación también nos falta mucho. Es por eso que hemos querido equilibrar al tener actores profesionales de renombre con actores naturales. Eso en el momento de la puesta en escena nos ha servido muchísimo, porque han sabido colaborarse entre ellos impregnarse y guiarse.

Particularmente estoy muy contento con todas las actuaciones y en general la crítica que hemos recibido de gente que la ha visto es muy buena. Entonces creo que es un punto a favor y la experiencia de trabajar con actores profesionales y naturales ha sido extraordinaria y se ve reflejado en la pantalla.

¿Cómo lograste ese equilibrio?
Porque, de alguna manera, la historia nos lo permitía. El grupo de los cuatro personajes que llegan a la isla son interpretados por los actores profesionales y la gente de la isla que hacen de lugareños es la gente que buscamos como actores naturales, pero al momento de unirlos ha sido un trabajo de confianza. Hemos hecho ensayos, que se conozcan los actores entre sí y hemos generado ese espacio de creación en el que ambas partes han podido aportar y eso nos ayudó a equilibrar en muchos aspectos. 

Yo pensaba que los actores profesionales, nos iban a colaborar con los actores naturales, pero en muchos casos ha sido al revés; la presencia de los actores naturales ayudó a que los profesionales lleguen a lo que buscábamos. Ha sido un proceso complejo, pero super interesante.

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