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Nueve cuadros pintados al óleo, entre los figurativo y lo abstracto, componen Mar de sal, exposición con el que la artista plástica paceña Guiomar Mesa se reencuentra con el público cruceño y a través de los cuales invita a repensar nuestra relación con la naturaleza, reflexionar acerca de nuestra finitud en este mundo y que sirvan de disparadores de sensaciones.

La serie de cuadros en formato grande que forman la muestra se exponen desde hoy, a las 19:00 en la sala Marcelo Araúz de la Casa Melchor Pinto y contará con la presencia de la artista.

“La verdad es que cuando uno visita el salar de Uyuni se queda totalmente impactado, porque siente lo infinito de ese paisaje maravilloso, de ese lugar que nos sobrecoge, que nos recuerda a nuestra finitud como seres humanos. Entonces los cuadros tratan de crear esa sensación. No de ser un reflejo o un retrato de esa realidad, sino más bien tratar de provocar esa sensación de la relación que existe entre el ser humano y la naturaleza”, comenta Mesa.

Mar de sal, explica la artista es la continuación de un trabajo anterior Montañas, no mar, título extraído de un poema de Óscar Cerruto y en el que aborda la relación del boliviano, especialmente el paceño, con la montaña y la ausencia del mar “lo que hace más fuerte su apego a la tierra y a la montaña”, a decir de Mesa.

“Cuando terminé esa serie de las montañas fui a visitar el salar y vi las huellas que quedan en la sal, que son como olas y dan la sensación de que fuera un gran mar salado, desértico, ausente. Entonces esa sensación también de la ausencia del mar y del agua que para nosotros tiene un sentimiento un tanto amargo, la vi reflejada en otro paisaje muy diferente al de las montañas que yo había realizado, pero es como una continuación de ese analizar, de ese tratar de reflejar nuestro sentimiento y nuestro apego a la tierra y a la magnificencia de la naturaleza”, dice la menor de los cuatro hijos de los arquitectos e historiadores José Mesa y Teresa Gisbert.

Es justamente su madre, una de las personas que más influenciaron en su dedicación al arte y la inspiraron. Otro fue Roberto Valcárcel, artista del que fue alumna de dibujo durante tres años. Lo conoció en 1979, a poco de que llegara de Alemania y había realizado una exposición. En esos días su madre lo entrevistó y cuando inició uno de sus talleres no dudó en inscribirse. “Fui primero su alumna y luego amiga. Era entrañable como persona y como artista, extraordinario. Todo ese aire renovador que él quiso difundir dentro del arte boliviano ha sido importante, sobre todo su idea de que el arte no es inamovible y que la obra misma define qué es arte. Ha sido un gran pedagogo, Roberto me enseñó a pensar el arte”, concluye la artista, que es una de las referentes del arte boliviano.



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