Opinión

Tropezones

Guido Alejandro Arana Hace 9/16/2019 8:00:00 AM

Un tropezón cualquiera da en la vida. Yo di dos que en diez días me llevaron a la clínica Foianini donde permanecí casi semanas de la temporada más fría y ventosa del invierno. Desde las ventanas de mi piso, sobrecogía ver las copas de los árboles doblarse y crujir bajo las embestidas del viento. El lugar hervía de movimiento de médicos, enfermeras y visitantes como un universo aparte en el que los pacientes son foco de una cuidadosa atención central. Ese ambiente de servicio y de responsabilidad fue la suerte que me acompañó todo el tiempo. Me resultó apropiado para intentar percibir la tragedia que vivía Bolivia y que partía desde la Chiquitania (sin acento, como aprendí en la escuela), uno de los mayores tesoros bolivianos..

Muy pocos fanáticos creen que este desastre resulta de una conspiración derechista contra el gobierno, (como dijo una autoridad) pero es cada vez más probable que el fuego avasallador se hubiese esparcido por la ignorancia y negligencia sobre cómo ocurren estos desastres y, estos últimos días, principalmente por intenciones delictivas. (Colonos fueron descubiertos prendiendo nuevamente fuego en los lugares que bomberos, en su mayoría voluntarios, habían conseguido apagar.) Unos amigos, con experiencia chacarera, me dijeron que ellos solían abrir un claro de siquiera uno o dos metros de ancho alrededor de la zona que proyectaban quemar.

Bolivia está entre los cinco o seis países que más bosques queman en el mundo. Eso explica la sorpresa de la periodista Mery Vaca Villa, en Página Siete, cuando reparó que el incremento de los incendios es progresivo desde hace al menos una década.

Igualmente aterradora es la explicación de El Deber del miércoles, al informar que en Santa Cruz está en curso un incendio forestal mensurable en “sexta generación”, entre los peores en voracidad y propagación.

La tendencia se ha vuelto más peligrosa en los últimos 10 años, a un ritmo que solo acabará dejando a Bolivia calva de arboles, anomalía acentuada bajo el régimen que más se ha proclamado ante el mundo como “protector de la pachamama”. Más grave ha sido su tenacidad en no declarar al oriente zona de desastre para facilitar la cooperación internacional.

Cuánto daño político le han causado los incendios a él y su partido no será fácil de calcular con alguna precisión. Ni el gobierno la facilitará. Pero es improbable que quienes han visito el lugar calcinado olviden el comportamiento del líder pachamamista ni las cenizas de los millones de árboles que no tuvieron un segundo de esperanza de sobrevivir, como quizá pueden haberla tenido los animales silvestres que podían escapar, aunque inútilmente, antes de ellos también volverse cenizas.

Esta vez, los medios informativos nacionales estuvieron superiores y algunos de sus reportajes dejaron bastante atrás a los noticieros de la TV. Los informativos digitales se superaron y el “periodismo ciudadano”, de personas decididas a compartir su propio testimonio, alcanzó grados altos de excelencia que permitieron a la ciudadanía informarse y comunicar noticias con detalle por sus teléfonos celulares. Muchos bolivianos a lo largo y ancho del país se volvieron comunicadores oportunos y acertados. Los esfuerzos de la propaganda oficial fueron irrelevantes, pese a lo costoso (decenas de millones de dólares al acabar agosto y comenzar septiembre por canal). Algunas escenas fueron ridículas, como la que mostró al presidente Morales en un impecable uniforme de bombero accionando una manguera comparable con una varillita, junto a un cuarteto de fotógrafos.

Hasta el cierre de este artículo, (miércoles), nadie en el gobierno había conseguido convencer de la bondad de la decisión del presidente de mantener su negativa a declarar desastre. Como van las cosas, la decisión del presidente puede resultar en el mayor tropezón de su carrera política.