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| 23/09/2018


Un Santa Cruz con sentido común

¿Qué resultados arrojaría una encuesta sobre qué Santa Cruz queremos quienes hemos nacido y vivimos en el departamento más extenso y más poblado de Bolivia? Sospecho que a muchos nos sorprendería ver cuánto hay de común en los deseos que Santa Cruz nos provoca, aunque tal vez el menos común sea el más necesario: el sentido común. No es una carencia exclusiva de nuestra sociedad cruceña. Es harto conocida la afirmación de que el menos común de los sentidos en el mundo es precisamente el sentido común. Una percepción que no le quita méritos al deseo de querer un Santa Cruz con sentido común.

Una necesidad urgente ya identificada por inquietos vecinos cruceños que, a la cabeza de José Antonio Prado, han puesto en marcha hace poco el Club del Sentido Común. Todavía son pocos los integrantes del club, algo que no desmerece en absoluto la pertinencia del mismo. Todo lo contrario. Esa es una iniciativa que amerita ser replicada miles de veces y a escala departamental, para ver si así logramos iniciar un nuevo ciclo de vida más feliz, con más aciertos que errores en el explosivo y hasta hoy caótico crecimiento de nuestro departamento. Una meta posible de alcanzar con algo tan simple como el sentido común.

Por eso, si acaso hiciéramos la encuesta sugerida al inicio, mi respuesta sería simple: en lo personal –respondería- quiero un Santa Cruz con sentido común. Un Santa Cruz en el que la mayoría de quienes lo habitan gocen de “aquella inteligencia que ha desarrollado el ser humano y que le permite manejarse de manera sensata en diferentes situaciones de su vida”. Una inteligencia que difiere radicalmente de la concebida “viveza criolla” o avivada que impera no apenas en las diferentes élites que dominan la política y la economía, sino también en las que prevalecen en espacios más próximos al ciudadano común, como son las escuelas, el hogar, el barrio, el club deportivo, la iglesia, etcétera.

De esas avivadas estamos hartos. Y de los avivados, también. Nada más dañino para toda sociedad que está en constantes cambios y desarrollo que la peste de la viveza criolla. Si hay en este momento una población afectada por esa peste es la nuestra, la boliviana en general y la cruceña en particular. Hago énfasis en Santa Cruz, aprovechando el arrebato que nos provoca la celebración de cada 24 de septiembre, fecha en la que recordamos la gesta libertaria de 1810. Cada vez que llega la fecha, hablamos de la grandeza, del empuje y de las hazañas que marcan la historia de Santa Cruz. Pero nos falta hablar más y en serio de las pequeñeces y mezquindades a vencer hoy, si acaso queremos un Santa Cruz mejor.

Un Santa Cruz mejor que no está apenas en una que otra gran obra de infraestructura, o el anuncio de cifras de crecimiento en todos los sectores que impulsan la economía, o en el de las proyecciones como la región más poblada en las próximas décadas. Es otro Santa Cruz distinto al que tenemos ahora, incluso diría que opuesto a la visión desarrollista que alientan muchos de sus actores políticos y económicos. Un Santa Cruz en el que prime el sentido común, cuyo horizonte sobrepasa los límites del interés particular o del propio clan, para abarcar los intereses que hacen al bien común. Una apuesta que no se rige solo por los rígidos números de lo tangible, sino que contempla y abraza la riqueza intangible.

Un Santa Cruz con sentido común, insisto casi con desesperación. Porque desesperados están muchos hoy en este departamento imán de lo bueno y lo malo. Un departamento al que le sobran halagos, pero le faltan “una imaginación y una creatividad de la misma magnitud que la mostrada por la generación (cruceña) de hace medio siglo”, como lo dijo José Luis Roca hace rato y lo recuerda ahora la Cainco en una de sus presentaciones sobre la visión que tiene para Santa Cruz. Imaginación y creatividad a la que hay que añadir otras dos necesidades urgentes: compromiso y consecuencia. Que así sea.





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