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OPINIÓN | 21/10/2018


Sin lugar a excusas

A trece años de estar gobernando Bolivia, ¿cómo es posible que el presidente Morales dé muestras de desconocimiento del viejo y cada vez más grave problema que enfrentan a diario millones de bolivianos que padecen no solo por una enfermedad, sino también por las numerosas fallas del sistema de salud pública? Escuchando sus últimas declaraciones, arrancadas tras una obligada reunión con un grupo de familiares de enfermos con cáncer, da para concluir que el pobre señor Morales vive en una burbuja, rodeado de gente que no le informa lo que ocurre en el país que gobierna. Pero no es verdad. La realidad es otra.

Es falso que el presidente ignorara hasta hace unos días cuál es el drama de los enfermos con cáncer. En realidad, da para generalizar y decir de los enfermos, y punto. Basta dar un vistazo a los archivos de prensa para afirmar que Morales sí sabe, y no de ahora, cuál es la difícil situación que enfrentan a diario los pacientes en cada rincón de Bolivia. El reclamo por más atención y presupuesto para la salud pública ha sido una constante a lo largo de toda su gestión. ¿Quién no recuerda la movilización alentada por el padre Mateo desde Santa Cruz de la Sierra por el 10% para salud, y que le valió ser tildado de opositor y hasta de vendido “a la derecha”, por el mismísimo presidente?

De eso hace tres años. Desde entonces, el debate sobre salud pública no ha dejado de ser tema central en el país. Hay decenas de estudios e informes elaborados sobre cuál es la prioridad dada por los diferentes niveles de gobierno a la salud. Lamentablemente, los resultados arrojados por esos estudios e informes no han sido halagüeños. Recuerdo hoy el elaborado por el médico Guillermo Cuentas en 2015, en el que demostró cuán baja es la inversión en salud en Bolivia: un promedio de 202 dólares por habitante, contra el de 715 dólares promedio en América Latina. Y lejísimos del promedio de nuestros vecinos Argentina (1.074 dólares per cápita), Chile (1.204) y Uruguay (1.474).

Ninguna de esas cifras es asumida por el Gobierno que insiste, como lo ha hecho este año el ministro de Salud, Rodolfo Rocabado, en decir que hoy estamos mejor que hace 15 años. Y todo porque, según el ministro, el presupuesto en salud pasó de 2.700 millones de bolivianos en 2005, a más de 18.000 millones en 2018. Siete veces más, asegura. Pero la gran pregunta es ¿dónde están esos millones?, ¿cuál el impacto en la salud pública? El gobierno alardea mucho de los millones invertidos en infraestructura, pero nada dice de lo hecho para resolver necesidades concretas en prevención, tratamiento y cura. Pruebas hay varias, y todas dolorosas, como las expuestas por los enfermos renales y con cáncer.

Pruebas que se cuentan en muertes, que es lo más terrible. La más reciente, expuesta por el drama de la familia de ‘Chumita’, un adolescente de 13 años que no le ganó la batalla al cáncer que le detectaron hace un par de años, no por falta de ganas o de sacrificios, sino de atención oportuna y especializada. Un sacrificio que llevó a su madre a una decisión extrema que la tiene presa desde el año pasado en una cárcel argentina: desesperada por conseguir dinero, cedió al tráfico de drogas, fue descubierta y presa en Argentina. Ahora está sin su ‘Chumita’ y sin su libertad, agobiada por el desamparo de sus otros tres hijos.

Lo más triste es que no se trata de un caso aislado. Hay ‘Chumita’ en cada rincón del país. En este mismo instante, ¿cuántas familias estarán padeciendo el tormento de encontrar a como dé lugar el dinero suficiente que les demanda el cuidado y la salvación de un hijo, una madre o un padre, un compañero o una compañera de vida? ¿Cuántas quermeses habrá este fin de semana, organizadas por familiares y amigos de enfermos a los que no les queda otra alternativa que la de extender la mano para cubrir los gastos a los que les obliga el mal que padecen? Y créanme, no da para creer que el presidente nada sabe.





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