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OPINIÓN | 25/11/2018


Los sueños de Cristhian, mis sueños

No recuerdo cuándo fue la última vez que pasé por la calle de una sola cuadra llamada Flora Salas, entre Oruro y Cobija. Ya la tenía olvidada. Pero desde el miércoles pasado, gracias a Cristhian, un joven de 18 años, esa callecita pasará a ser uno más de mis lugares encantados. Un imprevisto me obligó a desviar por la Flora Salas. Eran poco más de las 9 de la mañana cuando al entrar por la callecita me topé con una imagen poco usual en los tiempos de hoy: un guardia de seguridad, que más parecía un escolar uniformado, estaba sentado sobre el cordón de la acera, bajo las sombras de un árbol, leyendo un librito.

No resistí la tentación de preguntarle al vuelo qué leía. Padre rico, padre pobre, me dijo sonriendo. Los bocinazos me obligaron a interrumpir la charla. No había dónde parquear, así que decidí dar una gran vuelta para volver al árbol, al libro, al joven. Y ahí estaba, aún leyendo. Supe entonces que se llama Cristhian, que hace un año salió bachiller del colegio 25 de Octubre, que está en el barrio Royito del Plan Tres Mil. Quiso entrar a la universidad y no pudo. Le fue mal en el examen de ingreso. Trató de ir al repechaje, pero no tenía de dónde sacar 200 bolivianos para habilitarse. Así que no le quedó otra que resignarse.

“Por ahora”, le dije mientras lo llenaba de preguntas. Cristhian respondió todas. Que desea estudiar Ingeniería Comercial, que le atraen los negocios, que le gustan las historias de éxito y superación. Por eso agarró cinco bolivianos y se fue a comprar el librito de Robert Kiyosaki y Sharon Lechter. Edición pirata, sí. Qué más da, era la única opción al alcance de su magro bolsillo. Y se puso a leer de inmediato, a modo de hacer más llevadera también la jornada de 12 horas que cumple como guardia de seguridad. Una jornada que va de siete de la mañana a siete de la noche y que empalma con las clases de computación que tomó en el Instituto Santo Domingo, que está por la Tres Pasos al Frente.

“Quiero estudiar y es lo que puedo hacer por ahora”, me dijo y siguió respondiendo con una cara de felicidad que me conmovió profundamente: “Llego a mi casa casi a las 12 de la noche, lavo mi uniforme y a las seis de la mañana ya estoy listo pa’ venir a trabajar”. Una rutina a la que parece haberse acostumbrado desde que comenzó, a los 15 años, a alternar estudios con trabajo. Cristhian ya ha sido vendedor de abarrotes, cocinero, cajero, encargado de un café internet y hasta ejecutivo de ventas en un punto Tigo. Todo con tal de no estar parado, mientras va ideando cómo hará para intentar otra vez ir a la ‘U’. Tiene que ser la pública, dice. “Ya averigüé en las privadas, pero es carísimo”.

Mientras escuchaba las entusiasmadas respuestas de Cristhian, no pude dejar de ver cómo le brillaban los ojos y de sentir la fuerza de sus sueños. Tampoco pude evitar comparar su realidad con la que viven otros jóvenes de su edad. Muchos como él, con ganas de crecer y profesionalizarse, pero atascados contra su voluntad en un callejón que parece no tener salidas. Otros, por el contrario, rodeados de privilegios y de oportunidades de estudios y de trabajo, a las que no pocas veces dan la espalda. Fue inevitable comparar las vivencias de Cristhian con las de mi propio hijo, casi bachiller, y sentir entonces la explosión de una rebeldía que me hizo añicos por dentro, bombardeándome de preguntas sin respuestas.

Preguntas dirigidas a mí misma, a mi entorno, a la sociedad en la que vivo y también, por supuesto, hacia quienes tienen la privilegiada misión de trastocar realidades como la que vive Cristhian. Un privilegio que nosotros mismos les concedemos con el aval de nuestros votos, pero que luego olvidamos de cobrárselos con resultados concretos. No hablo de un par de medidas parche, de vergonzosos consuelos, de bonomanías y menos aún de la ya superada idealización del “todos somos iguales”. No somos iguales, somos distintos, pero todos nos merecemos las mismas oportunidades y derechos a una vida digna. Cristhian y mi hijo, Cristhian y el hijo de cada uno de ustedes debieran tener la misma oportunidad de vida justa, con acceso a estudios y a trabajo digno.

Mientras ese gran cambio siga pendiente de ser alcanzado, he decidido escuchar el sabio consejo de un experto en estos asuntos: comenzar ese cambio con mi propio cambio. Así que ya volví a buscar a Cristhian. Le he llevado un nuevo libro y mi compromiso de ayudarle en la tarea de despejar las piedras que siga encontrando en su camino, para que sus padres, Margarita y Milton, sientan desde ahora la recompensa por su buena crianza.





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