BRÚJULA

Un estudio que plantea desafíos en distintos niveles


Una docente universitaria y un educador analizan los resultados del Estudio 2018 sobre hábitos de lectura de estudiantes universitarios en Santa Cruz


El director del IIES, Johnny Atila, junto al ingeniero de sistemas Darío Enríquez, que participó en el trabajo de recolección de información
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23/02/2019

Son varios retos los que nos plantea esta investigación. Retos al hogar. Resulta que los jó- venes universitarios encuestados señalan que es la escuela el espacio donde se originaron sus hábitos y preferencias de lectura; en segundo lugar estaría su hogar. Pregunta: ¿los padres estamos leyendo menos en casa? ¿Acaso hemos desplazado los libros por los dispositivos móviles y, con esos aparatos, no estamos transmitiendo ejemplo de lectura? La investigación arroja que casi la mitad de los estudiantes tiene en su casa 50 libros o menos, no más.

A la escuela. Los universitarios consideran ‘importante’ y ‘muy importante’ la lectura para la formación académica y para informarse, pero no tanto para entretenerse. ¿Será que en el colegio no hemos inculcado el amor por la lectura porque hemos tratado de introducirla a palo? ¿La lectura en colegio es premio o es castigo? Leer para entretenerse, en el tiempo libre, como actividad de ocio, eso es hábito de lectura.

Leer por obligación, no. A la universidad. Los jóvenes encuestados no nombran a la universidad como espacio donde se originaron sus hábitos y preferencias de lectura. Es cierto que los hábitos se forman en edades tempranas. Pero llama la atención que la universidad no deje huella en ese sentido. ¿Tal vez el profesor no es creativo a la hora de empalmar sus contenidos con videos, películas, novelas, cuentos, poesía, en fin? ¡Qué clases más aburridas! Por otro lado, los jóvenes solo mencionan a Google como buscador científico. ¿Y Scielo, Dialnet, Academia.edu, Scholarpedia…? ¿El docente no se los está enseñando? ¿Tal vez él mismo no los sabe manejar? A las bibliotecas universitarias y públicas. Los universitarios prácticamente no van a una biblioteca universitaria o pública para leer o prestarse libros de entretenimiento.



¿No hay en ellas programas lúdicos de promoción de la lectura? Por otro lado, los jóvenes ‘ocasionalmente, raramente o nunca’ obtienen libros o documentos de formación académica en las bibliotecas universitarias o públicas. ¿No los hay actualizados y, por eso, recurren a las fotocopiadoras en primer lugar? A las librerías. ‘Ocasionalmente, raramente o nunca’, los jóvenes compran libros de entretenimiento o de formación académica en librerías.

Optan por descargarlos gratuitamente de internet o por sacar fotocopias. Es cierto que esto último les puede resultar más económico. ¿O es que no hay una oferta atractiva y pertinente en librerías? Solo entre el 5 y 10 por ciento de los jóvenes regala o recibe libros de regalo. ¿Las librerías no hacen campaña para promover la compra y uso del libro original? ¿Sus precios están muy altos? A la Feria Departamental del Libro. El 65 por ciento de los jóvenes universitarios afirma que no asistió a la última Feria Departamental del Libro. ¿Por qué? ¿Esta no es atractiva para ellos? A los periódicos.

El 25 por ciento de los jóvenes indica que en sus hogares se compra periódicos ‘frecuente y muy frecuentemente’. Ellos prefieren informarse, en el 80 por ciento de los casos, a través de las redes sociales. ¿Será suficiente informarse vía redes sociales? Parece que los periódicos, como instituciones que trabajan la información de manera profesional, están desafiados a copar las redes sociales en una época en que se propagan por todas partes verdades mentirosas y mentiras verdaderas. 

Preocupantes pero no imposibles de revertirlos
Édgar Lora Gumiel / Escritor y comunicador




De alguna manera, el estudio confirma lo que algunos docentes universitarios veníamos especulando sin tener datos reales. No es una novedad, pero preocupa el hecho de que, en la mayoría de los hogares, no existe una buena biblioteca de lo que se desprende además que los padres no son un modelo ni ejemplo de lectura en familia.

Es significativo y lamentable, que la escuela marca muy poco el hábito de lectura en el estudiante, al extremo de que un elevado porcentaje de universitarios continúan a esa edad sin tener ningún hábito de lectura. Según el estudio al 40% no les gusta ni les interesa. Aunque el 82 % de la muestra asume que es muy importante leer, en la práctica no cultivan el hábito ni el gusto por la buena lectura. No se abren a la experiencia de leer obras literarias o de recreación.

Hay una “preferencia forzosa” de tomar un libro por obligación, por deber, para un examen, una tarea, es una aproximación al libro de forma utilitaria, práctica. Inclusive se observa que los libros de la asignatura de turno o la especialidad, no se leen completos y se recurre a la fotocopia. Muchos universitarios tienen fototecas en vez de bibliotecas. Leen solo las pá- ginas correspondientes al examen.

Eso, además de incurrir en el delito de piratería, fomentado por docentes, los hace ignorar las normas de clasificación, cita y catalogación de los textos leídos. Al parecer, en nuestra comunidad universitaria, el libro no es el regalo favorito para una graduación, un cumpleaños, un aniversario de pareja. No se lee por entretenimiento.

La tertulia sobre libros no entra en la relación cotidiana y ocupa pocos días y pocas horas extras al disfrute de buenos autores y libros. Todo lo anterior remata en que no compran libros ni en formato impreso ni digital. Se advierte que desconocen las plataformas de ofertas de libros por internet y eso los desmarca, los distancia y tal vez los excluye de una formación integral acorde a las exigencias del siglo XXI.



Es alarmante la poca asistencia a bibliotecas. La búsqueda de libros en centros especializados es casi nula, lo que da como resultado profesionales mediocres. Bien por la investigación como aporte y apoyo a la educación para ayudarnos a mejorar y perfeccionar nuestros sistemas educativos. Preocupantes los resultados pero no imposibles de revertirlos si todos asumimos la responsabilidad de convertirnos en promotores y gestores del acto de leer como instrumento liberador.